La RALB existe.

 

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Carta abierta Al Sr. Alcalde del Ayuntamiento de Manacor

MANACOR, a 6 de marzo de 2026

Muy señor mío:

Me dirijo a usted en mi condición de descendiente de mossèn Antonio María Alcover y Sureda y como presidente de la Real Academia de la Lengua Balear, con el deber moral de defender la verdad sobre su figura y sobre la lengua en la que escribió la totalidad de su obra. Mossèn Antonio María Alcover y Sureda fue hijo de Antonio Alcover y Catalina Sureda. Sus padres trabajaban como aparceros en la finca denominada “Sa Torre Nova” de Son Carrió, término municipal de San Llorens des Cardassar, y él nació el día 2 de febrero de 1862, bien en dicha finca o bien en la casa que la familia poseía en Manacor, en la calle de “Sa Pau”, hoy en estado de ruina. Eran cinco hermanos y una hermana: Josep, Andreu, Martí, Miquel, Antoni y Francisca; esta última, mi bisabuela, estuvo casada con Bartomeu Llinàs. Cuando Antonio María tenía alrededor de ocho o diez años, sus padres pasaron de aparceros a la finca denominada “Santa Sirga”, en el término municipal de Manacor. Fue entonces cuando una familia noble, propietaria de la finca, aconsejó a sus padres que los dos hijos, Antoni y Miquel, estudiaran en el seminario de Palma, cosa que hicieron con el beneplácito de un tío sacerdote residente en dicha ciudad. En 1877 comenzó sus estudios eclesiásticos en el Seminario Diocesano de Palma de Mallorca, a la edad de 15 años, y concluyó la carrera sacerdotal en 1886. Su hermano Miquel, años más tarde, ingresó en la Compañía de Jesús.

Mossèn Alcover ejerció como sacerdote en Manacor y, con la ayuda del pueblo y de personas generosas, promovió y dirigió la construcción de la iglesia actual de Son Carrió entre 1899 y 1907, año de su inauguración. Fue destinado también a Ciutadella, en Menorca, donde conoció a Francisco Borja Moll, a quien tuvo como amanuense, regresando ambos a Mallorca pocos años después. Durante varios años, Alcover se dedicó intensamente al estudio de las gramáticas mallorquinas, desde la primera, de 1496, de Juan Dameto, hasta las dos  de Juan Jusep Amengual (1835 y 1872), así como a su diccionario mallorquín-español-latín (1858, de A a E, y 1878, de F a Z), y al primer diccionario del padre Pere Antoni Figuera, de 1840, el primer diccionario mallorquín que vio la luz. Los diccionarios auténticos de Antonio María Alcover son el tomo I (1930) y el tomo II (1935) del Diccionari que impulsó. Fue nombrado por el obispo Campins catedrático de Lengua y Literatura mallorquina en el Seminario, cargo que desempeñó durante ocho años. Contribuyó, junto con Tomàs Forteza, a la confección de la gramática de lengua mallorquina premiada en el certamen literario de ferias y fiestas en honor de las fiestas de Palma de Mallorca, convocado por el rey Alfonso XII en 1881 y publicada en 1890. Asimismo, fue nombrado presidente del Institut d’Estudis Catalans en Barcelona, cargo que ostentó hasta 1918, año en que huyó de la ciudad de noche, embarcando hacia Palma en compañía de Borja Moll, debido a profundas desavenencias con Pompeu Fabra y otros miembros de dicha institución. Regresó a Mallorca con las famosas “calexeras”, en las que se recogían más de un millón de vocablos, base de la confección del Diccionari català-valencià-balear, en el cual reconoce la existencia de tres lenguas distintas. Es también el autor de las célebres “Rondayes mallorquines”, que empezó a publicar en 1880 bajo el seudónimo “En Jordi d’es Racó”. Todas sus obras están escritas en mallorquín, aunque hoy el Ayuntamiento de Manacor sostiene que fueron escritas en catalán.

En el año 1919, en el periódico “La Ignorancia”, Alcover publicó un artículo en el que pedía perdón al pueblo balear por la “traición” que consideraba haber cometido contra la lengua mallorquina. Los últimos años de su vida no fueron fáciles: se sintió traicionado por algunos de sus amigos más íntimos, incluso por su fiel colaborador Borja Moll; sufrió serias dificultades económicas tras retirársele la subvención de la que dependía, lo que agravó su situación. Por ello editó en su propia imprenta el Diccionari català-valencià-balearpublicando en vida los dos primeros tomos de los dieciocho que integran la obra, redactados en mallorquín; poco antes de su muerte, Borja aceptó el cambio propuesto por el Institut d’Estudis Catalans —al que Alcover siempre se había opuesto— y, ya fallecido el maestro, tradujo el resto de los tomos al catalán. Lo mismo sucedió con las “Rondayes mallorquines”, cuyos originales fueron vendidos, entre 1983 y 1984, a una compañía alemana.

Cabe preguntarse por qué y con qué interés se llevó a cabo esta transformación de la obra de mossèn Alcover. Hoy se tergiversa la verdad y se engaña a los niños en escuelas y colegios, falseando la historia y la cultura de todo el pueblo balear ante el mundo cultural. No se entiende que el Ayuntamiento no se haya preocupado por esclarecer estos hechos y continúe afirmando que todas sus obras están en catalán, cuando esto no se ajusta a la realidad. Menos aún se comprende que se haya creado una “Escola Municipal de Mallorquí” cuando, en realidad, lo que se enseña es catalán, presentándolo como si fuera el mallorquín de Manacor.

En otros tiempos, cuando se celebraban los aniversarios de mossèn Alcover, el Ayuntamiento solía invitar a los familiares directos —como fue el caso de mi difunta madre—, mientras que desde hace años los descendientes de la familia somos ignorados. Yo, nacido en Manacor en 1942 y descendiente de mossèn Antonio María Alcover y Sureda, no puedo creer que los hijos de aquellos “manacorins” de cor, que acudían a las carreras de caballos al trote en “sa pista d’es cavalls” los domingos por la tarde y a los “bails de bot” y “boleros mallorquins” que se bailaban a “Sas Avingudes de na Camel·la i d’es Tren”, hayan llegado hoy a renunciar a lo que les enseñaron sus mayores: su lengua y sus costumbres.

Desde que Cecilio Metelo conquistó la isla de Mallorca en el año 123 a. C. y comunicó a Roma que los habitantes de aquí hablaban un lenguaje al que llamó “eloquium balearicum”, hasta 1983 —es decir, durante más de dos mil años— siempre se ha hablado mallorquín, menorquín, eivissenc y formenterer, también en la Iglesia. Es a partir de 1983 cuando determinados responsables políticos empiezan a afirmar que hablamos catalán, olvidando que la lengua la hace el pueblo y no el político de turno, y que decisiones de esta naturaleza suelen estar ligadas a intereses económicos, como ya le sucedió a mi tío, que dependía de los recursos del “Institut d’Estudis Catalans” para publicar sus obras. Él aguantó mientras pudo, hasta que dijo basta y regresó a su tierra natal, donde defendió la lengua mallorquina hasta su muerte.

Mossèn Alcover pudo tratar en diversas ocasiones con monseñor Llorenç Riber i Campins, quien en 1930 fue nombrado catedrático de Lengua Mallorquina en la Real Academia Española, sillón que ocupó durante veintiocho años, hasta su fallecimiento en 1958. El propio Alcover llegó a plantearse solicitar su ingreso en la Real Academia, pero sus propios amigos no le apoyaron a causa de su etapa en el “Institut d’Estudis Catalans”. Hoy, mientras ciertos organismos oficiales y personalidades políticas sostienen que nuestra lengua no existe y que hablar mallorquín (balear) “és un doi”, se persiste en una visión que falsea, por interés político y no cultural ni histórico, la memoria de un personaje universal y la realidad lingüística de nuestro pueblo.


Todas las comunidades autónomas de España defienden lo propio: su lengua, sus costumbres, su folclore. Mossèn Alcover tuvo la capacidad de elevar el folclore local a la categoría de ciencia, y sin embargo aquí se ha optado por defender lo de otra comunidad, imponiendo su lengua, sus costumbres y su folclore. Resulta, cuando menos, significativo que a los habitantes de cada comunidad se les denomine por el nombre de la misma —andaluces, aragoneses, catalanes—, mientras que a los de la Comunidad de las Illes Balears se les pretende llamar catalanes y no balears.

Como descendiente suyo, me siento en la obligación de defender y proclamar la verdad sobre este mallorquín universal. Lo hago con pleno conocimiento de causa y reto respetuosamente a las autoridades culturales de la Conselleria de Cultura del Govern Balear, de la Universidad y de los centros docentes, así como a este mismo Ayuntamiento, a que me demuestren que no es cierto cuanto aquí expongo.

Le saluda atentamente,

Fdo.: Guillermo Matas Puigserver

Presidente de la Real Academia de la Lengua Balear

info@sacademiallba.es

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